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XXIX CICLO DE LIED
Cumplido y detallado mapa liederístico

Siempre resulta interesante estudiar los tipos vocales que se dan cita en un ciclo liederístico como el que desde hace ya veintinueve años se celebra en Madrid por iniciativa, en la actualidad, del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). Tradicionalmente, se han convocado en estas reuniones vocales y pianísticas algunos de los mejores especialistas de un género tan exigente.

Analicemos brevemente en esta ocasión qué voces han sido llamadas para verter el variado contenido de las piezas. Tenemos cuatro barítonos de distinto pelaje, aunque ninguno de ellos dramático o de medio carácter. El más fornido, de material más pleno, más robusto y sólido, es Andrè Schuen, al que ya hemos visto recientemente en labores operísticas. Voz noble y templada a la que va como anillo al dedo el ciclo brahmsiano Die schöne Magelone, una variada colección de quince intensos lieder basados en una antigua leyenda gala. Daniel Heide es el colaborador ideal desde el piano.

Más lírico y expansivo es Konstantin Krimmel, de caluroso timbre y excelente dicción, maleable y variado, aún en pleno crecimiento, pero dentro de una ejemplar sobriedad. Rasgos ideales para traducir con propiedad un ciclo tan magistral como Liederkreis, op. 39, de Schumann, y para dar forma a los escritos por Wolf sobre palabras de Goethe y de Eichendorff, integrados en dos ejemplares colecciones; misión en la que tendrá como acompañante a Ammiel Bushakevitz. Otra voz de limpio lirismo, de matiz algo más penumbroso, es la de Manuel Walser, tercero en discordia y dotado de una rara flexibilidad y un gusto ya probados, que deberá demostrar su flexibilidad en la interpretación de un programa presidido por Brahms, Strauss (muy solicitados en esta temporada) y Rachmaninov (que será abordado en su idioma original). Desde el teclado, Alexander Fleischer.

El cuarto barítono, más veterano, pues ha doblado ya la cincuentena, es un clásico que alberga las mejores esencias de los grandes del pasado próximo como Dieskau o Prey. La voz mantiene el lirismo que siempre lo ha adornado, la suavidad de la emisión, la delgadez del sonido. Y el estilo permanece incólume: el de un exquisito fraseador, un decidor inteligente y espiritual, que dará un nuevo curso de bien cantar traduciendo los lieder escogidos de Brahms, el protagonista de la serie, entre ellos, los memorables Vier ernste Gesänge. Tendrá como escudero al infalible Gerold Huber.

Hemos de referirnos al único bajo de la selección, que, además, es nuevo visitante de este ciclo, René Pape, ya veterano, y que se las sabe todas, particularmente, en el mundo de la ópera. Será de especial interés comprobar cómo su amplio instrumento de bajo cantante, noble y pleno, puede que de brillos algo más matizados, se ajusta a un programa que reúne a Mussorgski, Dvořák y Quilter y que de seguro nos podrá servir para calibrar expresión, dicción, temperamento y variedad de registros. Camillo Radicke se sentará ante el teclado.

Hallamos, además, dos féminas en esta ocasión, una soprano y una mezzosoprano, ambas aún jóvenes y en plenitud de facultades. Son muchas las que adornan a la gentil Christiane Karg, de timbre penetrante pero nada agresivo, de cálidos reflejos, buena base para articular un fraseo que en ella es siempre claro y nítido, en alas de una emisión muy aérea. Cualidades idóneas para servir un atractivo y variado repertorio que incluye a Respighi y Debussy y el Strauss de los Vier letzte Lieder, que suelen ser cantados por voces más densas. La particularidad es que se ofrecen en versiones con acompañamiento de arpa, a cargo aquí de Anneleen Lenaerts.

La mezzosoprano es la francesa Marianne Crebassa, nueva en este ciclo, de tinte ligeramente nasal, bien cubierta, resonante, firme y de muy atractivas irisaciones: las más aptas para abordar un propuesta hispano-gala con canciones de Mompou y Guridi, por un lado, y Ravel y Debussy, por otro, con Villa-Lobos como elemento equidistante. Piezas que exigen tanta gracia como finura y exquisitez. A ello contribuirá desde el teclado Joseph Middleton. Como cierre del ciclo, el único tenor del presente, el inglés Ian Bostridge. Otro de los veteranos, hábil en los reguladores, exquisito y maleable, dueño de un instrumento de lírico-ligero de singular elasticidad y de timbre muy propio de los cantantes británicos de su especie. Tiene los medios y, sobre todo, el arte para abordar, junto con el excelente Julius Drake, un programa romántico y posromántico, con Schubert, Robert y Clara Schumann y Mahler, y el aditamento de Henze, no demasiado habitual.
 

Arturo Reverter
 

tz


CNDM

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