Ministerio de Cultura - Gobierno de España

EJE VIENA-MOSCÚ

Dos grandes cuartetos de cuerda –uno emergente y el otro legendario– más una de las pianistas más admiradas de nuestro tiempo, nos proponen tres mundos y tres momentos de la historia de la cultura ejemplificados por Franz Joseph Haydn, Ludwig van Beethoven y Dmitri Shostakóvich –en este caso último con alguna ramificación bien reveladora. Es decir, y a saber: el Clasicismo que se centra, además, en la práctica invención del cuarteto de cuerda como forma señera; la genialidad superadora de la obra propia en un contexto de época que resuelve hacia el futuro; y la supervivencia del arte sobre las presiones políticas en una dictadura feroz en pleno siglo XX. En los tres casos la palabra clave es libertad: la del creador que asume su compromiso consigo mismo, con la tradición y con el futuro desde un presente que le enfrenta a la realidad, la consecución en Haydn y Beethoven– de una obra cerrada y completa en sí misma que, a la vez, abre caminos posteriores. Distinto es –y ya vendrán los estudiosos a corroborarlo o no– el caso de un Shostakóvich que se abre y se cierra del mismo modo que lo hizo su propio contexto político y estético. Así, los Cuartetos op. 33 de Haydn representan el paso necesario hacia la madurez del género –que él mismo dejará en un asombroso estado de perfección– mientras las últimas sonatas para piano de Beethoven plantean y resuelven relaciones entre complejidad y sentimiento y, en el caso de Shostakóvich, el cumplimiento de la obra sortea, a veces desde el terror que produce la libertad desconocida, fidelidades y desengaños públicos y privados. Como complemento perfecto de los cuartetos de Haydn, la asimilación plena de su lección en los op. 59 de Beethoven que escucharemos también. Y como contraste aleccionador respecto de la música de Shostakóvich, las de su antecedente, el elegante Medtner, y su consecuente, ese Schnittke que rompe desde dentro las cadenas estéticas del realismo socialista.

Haydn alcanza la plenitud de sus facultades creadoras con los Cuartetos op. 33, cuya composición culmina ya cercano a los cincuenta años, publicados por Artaria en Viena en 1782 y dedicados al gran duque Pablo de Rusia, de ahí su apodo de “Rusos”. Para Haydn fue una alegría encontrarse con su colección terminada, hasta el punto de describirla como perteneciente “a un enteramente nuevo y especial camino”. El silencio cuartetístico durante años le había enseñado cosas que habría de aplicar en su nueva serie, según Thomas Seedorf con especial hincapié en la cantabilitá y la bravura aplicada a los movimientos lentos y rápidos respectivamente. Por su parte, Beethoven escribió sus exultantes Rasumovsky –otra cumbre, como en realidad toda su obra cuartetística– en 1806 y se publicaron en 1808, lo que quiere decir que son estrictamente contemporáneos de la Cuarta sinfonía y el Concierto para violín y orquesta, es decir, de un momento en el que prácticamente no podía oír nada de lo que componía. Mal recibidos en su momento, el tiempo les ha otorgado carta de naturaleza como una de las mayores glorias del género. Por su parte, Shostakóvich volcó en sus cuartetos las dificultades propias de su caso personal en el contexto de las de su país mientras trataba de ser el heredero del inmenso corpus beethoveniano. Junto a los de Bartók, los suyos constituyen la culminación de tal forma en el pasado siglo y el retrato más completo y complejo de su autor.

Hablemos también de los complementos. Medtner es una suerte de islote en la música rusa, no tanto porque no reciba enseñanzas parecidas a sus compañeros de generación –fue discípulo, como su próximo Rachmaninov, de Taneyev– cuanto porque en el exilio no atrae la atención de casi nadie hasta que el Maharajah de Mysore, su alteza Jayachamaraja Wodeyar Bahadur, presidente además de la Orquesta Philharmonia, lo acoge bajo su patrocinio en 1946, cinco años antes de su muerte. Alfred Schnittke es un ejemplo, menos extremo, desde luego, que los de Ustvolskaya o Gubaidulina, como epítome de las dificultades que un compositor con ideas propias tenía en la Unión Soviética –que abandonó en 1989– en cuanto iba más allá de lo aceptable y se atrevía a pasar de la música de cine al reino de una cierta imaginación o de una emoción demasiado hija de la forma. 

Luis Suñén