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EL GRAN LEGADO

“Algo en el ingenio de Beethoven, lo más profundo sin duda, se negó a reconciliar en la imagen lo que no se ha reconciliado en la realidad”. Theodor Adorno

Al oyente confrontado con los cuartetos de Beethoven se le presentan una serie de inconvenientes, un conjunto de situaciones de profundidad emocional y amplitud dramática sin parangón en la tradición clásica. Desde el comienzo del Cuarteto op. 18, nº 1, Beethoven arrojó el guante: ¿es este grupeto ornamental realmente un motivo? ¿O es esto una noble broma, como en tantas introducciones ingeniosas de su mentor Joseph Haydn? ¿O es una afi rmación dramática, un gesto de signifi cado retórico? Gracias a los estudiosos que han examinado los cuadernos de composición de Beethoven, sabemos ahora que detrás de este simple floreo se oculta una meticulosa labor, descartando Beethoven numerosas variantes de este tema antes de dar con la definitiva.

Al escuchar a un cuarteto tocar bien, todo parece fácil y obvio, como si un único ser respirara y gesticulara con ocho brazos. Pero incluso detrás del gesto más simple se hallan años de trabajo y una historia compartida. ¿Y qué capas ocultas de significado pueden hallarse en la música de Beethoven tras un motivo aparentemente claro? La frase introductoria en el Adagio del op. 18, nº 2 concluye con una figura de cuatro notas a modo de recitativo; esta cadencia apenas concluye antes de que el motivo aparezca en el primer violín, convertido en una arremolinada danza y saltando de un instrumento a otro. Ninguna realidad es sacrosanta en el mundo de Beethoven, ningún “afecto” pleno sin contener en sí la semilla de su polo opuesto.

Conforme un cuarteto se va haciendo mayor, sus miembros se percatan de que no existe una realidad objetiva, sino sólo diferentes perspectivas de una experiencia compartida. En los ensayos hablamos porque las palabras son el principal medio de comunicación entre nosotros, pero siempre resultan inadecuadas. Cuando Beethoven comenzó a componer los cuartetos del op. 18 a los 27 años de edad halló la inspiración en algunas de las obras de arte más sublimes de la tradición occidental. Sabemos por sus cuadernos de anotaciones (su diario musical, por así decir) que el movimiento lento del op. 18, nº 1 se inspiró en la escena de la tumba de Romeo y Julieta. El Finale del op. 18, nº 6 se titula La Malinconia, el primero de muchos movimiento intitulados con un propósito concreto. Aquí Beethoven se refiere al gran grabado de Albrecht Dürer, en sí mismo objeto de interpretaciones muy variadas.

Un cuarteto de cuerdas se hace partícipe de un idioma que opera en varios niveles simultáneos. Al igual que una familia, posee un vocabulario específico inteligible sólo para sus miembros. Tocar cuartetos es atender con máxima claridad a la propia visión musical, al tiempo que mostrarse abierto a las indicaciones de los tres restantes músicos en el escenario.

Después del op. 18 transcurrieron sólo seis años antes de que Beethoven volviera a escribir cuartetos. Fueron estos unos años muy productivos para él, representando un gran avance en su lenguaje musical. Si bien a Beethoven le molestaban los límites de las normas clásicas, con los cuartetos del op. 59 dedicados al Conde Razumovsky amplió sus posibilidades más allá de lo que la gente de su tiempo fue capaz de asimilar. Y aún hay más: la intensidad del op. 95 en fa menor (un cuarteto que incluso Beethoven consideró “no apto para ser tocado en público”) concluye prácticamente sin previo aviso con una coda en el modo mayor deslumbrantemente virtuosa. Con Beethoven no hay respuestas simples ni resoluciones fáciles, tal como afirmó Theodor Adorno. Si ya los cuartetos del período intermedio desafían todas las expectativas, los tardíos pertenecen a un mundo aparte. En éstos aparecen materiales más arcaicos que en cualquier otra obra de Beethoven: un contrapunto denso que recuerda a la polifonía renacentista y fugas, una forma musical ha mucho en desuso. Beethoven parecía escribir para una audiencia futura idealizada, para oyentes capaces de experimentar la irresistible profundidad de sonidos colmados de significado, firmemente anclados en el pasado, pero apuntando hacia el futuro.

A menudo se oye hablar de la identidad de un cuarteto, de la personalidad colectiva del conjunto que después de varios años es más fuerte que la individual. Desde el interior, no obstante, este es un fenómeno muy difícil de medir. Somos cuatro individuos distintos con propios trasfondos y evoluciones personales.

Jonathan Brown
Viola del Cuarteto Casals